
Crispas los puños. Tus nudillos crujen. La venda sujeta la articulación. Sientes la sangre bombeando. Giras el cuello, acomodando las vértebras y preparándote para el esfuerzo. Respiras profundamente y columpias los brazos balanceándolos a tus costados. Dejas que la mente se limpie. Que se quede en blanco. Que se despeje. Sólo entonces comienzas a mover los pies. Y sueltas la primera mano. Golpeas. El vendaje protege la muñeca e, indirectamente, el codo. Golpeas más rápido. Más fuerte. Apenas ha pasado un minuto y el calor hace que comiences a sudar. La respiración se estrangula y cada bocanada de aire inflama tus pulmones. Los brazos pierden pesadez. Ahora vuelan ligeros, golpeando, curvándose, girando antes de estrellarse contra el saco.
Sientes la camiseta pegada al pecho. Te ahoga. Pero no dejas de golpear. Cada estallido libera una porción de rabia. Una porción de desesperación. De infinita furia. Desearías reventar el saco. Respiras trabajosamente, el aire está caliente a tu alrededor. Ardiendo. Te late el corazón con fuerza. Golpeas imágenes. Con saña. Tal vez trates de desintegrarlas a golpes. De disgregarlas.
What if i wanted to break?
En pocos minutos tu cuerpo entero está bañado en sudor. Sientes las costuras de los guantes. Cada impacto te hiere y te libera. Se diría que sientes placer al golpear. Comienzas con los golpes planos y pronto das paso a los de abajo arriba. En un combate suelen ser los más difíciles de encajar. Bien dirigidos, pueden fracturar una costilla. Despedazarla. Astillar el hueso, provocando que una buena docena de alfileres óseos se claven en el interior del adversario. Desearías poder hacérselo a alguien.
Aprietas los dientes y te concentras únicamente en cada impacto. Tratas de olvidarte del sofocante calor. Notas el espasmo en los nudillos, la contracción del dorso de la mano y la transmisión eléctrica del impacto a través del antebrazo hasta los epicondileos. Tras cada golpe, los brazos tiemblan al retirarse para rearmarse y volver a volar serpenteando como misiles hacia el saco que baila colgado del techo. Te mueves con rapidez. Saltos cortos. Cambiando la guardia y el sentido del giro. Y el saco se transforma en un millón de cosas que odias. En un millón de cosas que detestas y no puedes cambiar.
What if i wanted to fight?
Por eso golpeas con más rabia. Desearías romperlo. El pinchazo en los músculos dorsales aparece. Pero eso tampoco te frena. Conoces ese dolor. Los hay peores. Podrías golpear el plexo solar. Eso sí que es dolor. Un dolor horrendo, como de queroseno abrasando los enlaces nerviosos. El colapso. Un golpe en el plexo solar con la fuerza suficiente podría mandar al adversario a contarle los pelos del bigote a Lucifer.
Resulta curioso que el plexo solar sea considerado un chakra, el tercero frontal. En él reside la sabiduría espiritual, la conciencia de la universalidad de la vida y del propio sitio dentro de ella. Se supone que cuando alguien establece una relación con otra persona, se crea una conexión entre sus plexos solares, una suerte de cordón umbilical.
Sientes como aumenta tu cadencia de golpeo, como inconscientemente has incrementado el ritmo, como la furia se adueña de tu cuerpo y te obliga a lanzar manos. Sabes que tu corazón late sin control, tratando de bombear sangre y oxígeno para alimentar tus músculos en tensión.
Si el saco tuviera plexo solar ahora lo tendría hecho trizas. Aprietas más los dientes, forzándote a mantener el ritmo. A no parar. A no dejar de golpear. El dolor que recorre tus brazos, tus hombros y tu pecho no es nada comparado con el que sentirás cuando dejes de golpear.
Come break me down. Bury me, bury me.
Te molesta la camiseta, completamente empapada. Roza tus pezones, erizándolos, cargándote de electricidad. Comienzas a soltar combinaciones aprendidas. Tres golpes y movimiento lateral. Abajo, arriba, abajo. Abajo, abajo, arriba. Trazas parábolas con los puños, girándolos en el momento previo al impacto. Los espasmos en el saco te muestran lo preciso de la ejecución. Aprovechas cada desplazamiento para tomar aire, respirando como un toro. Tienes el pelo empapado, pegado al cráneo. Gruesos goterones bañan tus mejillas y hacen que tus ojos ardan. Los entornas para evitar el escozor, sin dejar de golpear.
I am finished with you.
Percibes como los movimientos se materializan incluso antes de pensarlos. La conexión. Ese lado animal del que todos tratan de desligarse. Como si se tratara de una lacra. El saco continúa mostrándote imágenes escogidas de la antología de reproches y palabras que se quedaron por decir. Y continúas golpeándolas con saña, permitiendo al lado salvaje retorcerlo todo, destrozarlo, romperlo.
i know now, this is who i really am inside.
Hasta que no queda nada. Y sólo entonces, con los pulmones a punto de estallar, das un paso atrás.
