sábado 10 de mayo de 2008

WELCOME TO THE JUNGLE


Estuvo enganchado. Enganchadísimo. Todo comenzó un día cualquiera. Algo hizo click y todo se descompuso. Una mañana dejó de afeitarse. Una semana después había destrozado la habitación de un hotel y le había partido la mandíbula a su novia. El primer psicólogo trató de ablandar los filos de su ira, pero con un éxito más bien limitado.
Volvió a su casa y volvió a pegar a su novia. El segundo psicólogo no tardó ni una semana en derivarle a un psiquiatra y éste, ni tres días en prescribirle Risperdal. La dosis de mantenimiento no evitaba los estallidos violentos: el Haloperidol era la única respuesta posible a esa furia instantánea e imprevista. Con el tiempo sus médicos pasaron a combinar antidepresivos con benzodiacepinas: Cipralex, Vastat, Tranquimazín. El Seconal también le funcionaba bien: le dejaba la memoria hecha trizas, el cerebro en forzado barbecho. Hipnotizado. Al borde del coma inducido. Igual de perceptivo que un cactus.

Le viste un par de días antes de su enésimo ingreso en la clínica. Estaba pasadísimo. Ido. Miraba sin ver. Pero en el fondo de sus pupilas dilatadas ardía la misma ira, la misma rabia enjaulada. El mismo instinto violento. La pulsión. La química sólo retardaba la explosión final. No había nada de curativo en todo aquel tratamiento. Sólo un aplazamiento, una pausa. Una espera.

Tenía la misma mirada turbia hace un mes. Ya no estaba en la clínica. Vestía un carísimo sastre gris. Ajustaba nervioso los puños de la camisa, los gemelos macizos, el reloj ostentoso. Se había cortado el pelo. Muy corto. Y cada centímetro de su expresión le gritaba su rabia al mundo. Su odio. De nuevo el instinto violento. De nuevo, la pulsión. Sabes que en su empresa se han desentendido del asunto. No es fácil acusar a uno de los propietarios de estar mal de la puta cabeza.

En teoría ahora está tomando un cóctel de Seroxat, Trankimazin Retard y Triptizol. Eso te ha dicho. Pero es sólo en teoría, claro, porque la crispación de sus ojos muestra que tiene la cabeza a punto de estallar. Ese dolor martillea cada terminación nerviosa de su cerebro.
Lo sabes porque yo lo sé.

El nervioso tamborileo de los dedos sobre la mesa trata de ocultar la ansiedad, canalizándola a un movimiento concreto. Ese truco es de psicólogo de todo a cien. Es esa insistencia en el golpeteo la que le descubre. Es como la cadencia de un tambor de guerra, llamando a sus células a la automutilación. Tiene los hombros crispados y no deja de abrir y cerrar los puños. No es capaz de mantener la mirada quieta ni un segundo. Le tiembla la barbilla.

Es el síndrome de discontinuación. El mono. El abismo.

Desengancharse de toda esa mierda es más difícil que dejar la heroína.
Y más cruento.

Lleva cinco años metiéndose de todo, te dice. Supones que busca tu comprensión. Pues se equivoca de parte a parte. Aquí no tenemos de eso.

Cinco años y los ataques de pánico no han desaparecido. La convicción de estar siendo observado, de que alguien le acecha, dispuesto a degollarle. Hace ya mucho tiempo que oculta un cuchillo en los pliegues de su ropa. Ha dejado de viajar en avión. No utiliza tarjetas. Aquella novia a la que zurraba voló.

No hace falta que te lo cuente. Viste cómo ocurría.

Está al límite del paroxismo. Aunque también está sobreactuando.

Su cuerpo reacciona atacándose a si mismo. Su mente viola sus propias condiciones de seguridad.

Pero él lo sabe. Es consciente. Podría elegir. Podría haberlo hecho.

Si guardases el suficiente silencio, podrías escuchar su corazón. Tenso. Acelerado. Está intentando dominarse. Está tratando de sujetar a la bestia. Aún no sabe que su intento está condenado a fracasar.

Primera norma del Club: No hables del Club le dices mirándole a los ojos vidriosos y húmedos.

La enumeración sigue mientras te despojas de la chaqueta. Las luces de los coches confieren a todo un aspecto irreal. El tipo reacciona liberándose de su corbata.

Dicen que los humanos no pueden ser responsables de los actos de una mente enferma.

Quizá.

Cuarta regla del Club: Sólo dos personas por vez.

No estás aquí para juzgarle.

Pero sabes quién es. Y él sabe quién eres tú.

Estás aquí para castigarle.

Octava y última regla del Club: Si esta es tu primera noche, tienes que pelear.

Nunca debiste pegar a aquella mujer, hijo de la grandísima puta.

2 space monkeys:

Dy dijo...

Se que resoplar no es muy adecuado, pero aún estoy recuperando el aliento.

Es muy inquietante

Cristina dijo...

Seguro que también tiene caries. Dicen que salen de contener la ira y la rabia, a mi desde los 9 años que me van empastando la boca, imaginate!

 
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